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sonrei

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06 febrero, 2017




Éramos un par de solitarios y en ocasiones nos hacíamos compañía. Ni amantes ni confidentes, ocasionales simplemente, esperando a que el deseo nos encontrara, pasando las noches desnudos y las mañanas tomando café, buscando pretextos para encontrarnos, sabiendo que la coincidencia era una aliada que en ocasiones fabricábamos. Sabíamos donde besar, en donde encontrar la risa, el gemido; el llanto. Cuándo y cómo rasgar la piel, cómo hacer tiritar y también dónde encontrar el orgasmo. Cuando caíamos en la cuenta nos encontrábamos nuevamente, acurrucados entre las sabanas y empapados de sudor. Una lámpara tenue en una mesa era el guardián, un perro curioso al que le extrañaba el olor a sexo recién hecho, algunas copas de vino, ropa desperdigada por la habitación, bastantes lágrimas añejadas por los años y un “te quiero” ya sin vida. Jamás supimos a ciencia cierta lo que buscábamos, tocamos, besamos, probamos y lamimos nuestras pieles en busca de lo desconocido, el viento y la luz se colaba entre las ventanas de la habitación, el aire se estampaba contra nuestros cuerpos tibios, exhaustos, que yacían sobre la humedad del colchón. En el transcurso de aquellos días, comprendimos que 24 horas no son suficientes para dos cuerpos que añoran y reconocen lo que merecen. Y fue así, entre viejas risas y cervezas, disculpas sinceras e historias fantásticas, duchas frías a mitad de la noche, reproches sin sentido y sentimientos encontrados, nos dimos cuenta de lo que perdimos y lo que podíamos encontrar.